Claudio Galeno

Nació hacia el año 129 d.C, en Pérgamo, Misia (actual Turquía) y murió hacia el año 200 d.C no se sabe donde. Su principal logro fue ser pionero en anatomía humana. Fue educado en Esmirna, Grecia y en Alejandría, Egipto.

Damos por descontado que el conocimiento que un médico tiene de nuestro cuerpo va más allá del grosor de la piel, pero esto no fue siempre así. Claudio Galeno fue la persona que determinó la importancia de entender el funcionamiento del organismo.

En los albores de la era cristiana el cuerpo humano era considerado predominante como un recipiente habitado por un espíritu. El recipiente en sí carecía de interés: era el espíritu el que reclamaba atención. Galeno discrepaba. Estaba fascinado por la estructura física del cuerpo y deseaba descubrir cuál era la función de cada órgano.

Galeno nació en una familia adinerada que vivía en Pérgamo, una próspera ciudad en lo que se conoce actualmente como la costa Oeste Turquía, y comenzó a estudiar medicina a los dieciséis años. A los veinte partió hacia Esmirna, Grecia, para estudiar anatomía con Pelops, uno de los médicos más respetados de la época, y al cumplir poco más de treinta años se trasladó a Roma.

La pasión del Imperio Romano por los deportes de sangre, sobre todo los que implicaban el combate cuerpo a cuerpo, dio  a Galeno un acceso extraordinaraio a los sujetos.

Pasó gran parte de su tiempo trabajando con los soldados heridos en el Coliseo y realizó numerosas observaciones fundamentales, muchas de ellas relacionadas con la sangre.

El hecho de poder presenciar los efectos de heridas graves le permitió darse cuenta de que de los cortes profundos surgían dos tipos diferentes de sangre, ambos eran rojos pero uno era brillante y clarito y otro no era brillante y era más oscuro. El oscuro fluía lentamente de los vasos cortados, que contaban con finas paredes. Gracias a la disección de las personas que fallecían, Galeno descubrió que podía seguir estos vasos hasta el hígado. Como el hígado estaba conectado de forma confusa con el intestino para formar el quilo (linfa de aspecto lechoso que contiene cierta cantidad de grasa y circula desde los vasos quilíferos del intestino delgado hasta el sistema linfático durante la digestión), que llegaba hasta el hígado y allí se devolvía a la sangre. Ésta lo transportaba a continuación al resto de los órganos del cuerpo, en los que se aprovechaba.

Galeno también advirtió que uno de los vasos iba desde el hígado hasta el corazón, y estaba convencido de la existencia de poros que permitían que la sangre se desplazara entre las cámaras del corazón. Sus observaciones de animales y de soldados muertos y moribundos revelaron que la sangre que salía del corazón tenía un color rojo brillante y parecía estar llena de vida. Salía a chorros del vaso cuando se cortaba y si se la dejaba fluir, la vida de la persona abandonaba rápidamente su cuerpo.  La conclusión a la que llegó Galeno en aquel momento fue que el corazón dotaba la sangre de un espíritu vital, la sustancia de la existencia, y que este líquido palpitante distribuía luego la vida a todo el cuerpo. En muchos sentidos fueron unas observaciones correctas, pero no así sus conclusiones, y tuvieron que transcurrir 1.700 años hasta que William Harvey obtuvo una visión más óptima de la sangre y de como circula por el cuerpo.

La obra de Galeno fue aceptada por cristianos y musulmanes; su trabajo se veneró por lo menos hasta el siglo XVII.

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